Rachel Corrie

El 16 de marzo de 2003 Rachel se sienta frente a la casa del doctor Samir Nasralá . Rachel se muere de miedo. Es estadounidense, desordenada, muy hermosa, tiene 23 años, fumadora compulsiva, le gusta Dalí, la música de Pat Benatar, pertenece a ese cielo en el infierno que es la clase media occidental y una vez le escribió una poesía a su gato.

Samir es su amigo; todos los que se han sentado con ella son sus amigos, aunque hay algunos a los que no conoce.

La casa es modesta y hermosa, acogedora como todas las casas de nuestros amigos. Ésta además tiene un jardín con higuera, eneldo, lechuga, ajo, sillas de plástico blanco y una manta secándose sobre una cuerda. A Samir le costo 30 años pagarla.

Samir es farmacéutico y palestino. Por eso, porque es palestino, le costo 30 años pagarla y también por eso, una excavadora israelí se dirige a derribarla. Rachel y sus amigos tratan de impedirlo sentándose frente a ella; son escudos humanos, pacifistas occidentales e israelíes. Buena gente, optimistas, cultos, educados, de clase media. Pacifistas.

La excavadora que pretenden parar es una Caterpillar D-9, un modelo especialmente diseñado para demoler casas. La Caterpillar D-9 se parece sospechosamente al modelo que el padre de Rachel conducía 30 años antes (cuando Samir compró la casa) en Vietnam.

El padre de Rachel se llama Craig y tiene cara de buena persona; su madre se llama Cindy y además de tener cara de buena persona, es probable que jamás haya conducido una excavadora especialmente diseñada para destruir casas.

"Mama, tengo horribles pesadillas sobre tanques y excavadoras fuera de nuestra casa, y tú y yo estamos dentro"-escribió Rachel a su madre cuatro días antes. "...también estoy orgulloso de ti, muy orgulloso. Pero preferiría estar orgulloso de la hija de otro..." -le contesto su padre.

Algo no salió como estaba planeado. Faltaban sólo dos días para el asalto de Bagdad y muchos ojos desviaron su atención hacia Irak. La excavadora no paró, los escudos humanos no funcionaron.

La fotografía muestra a una Rachel quebrada, en unos brazos amigos, la ropa sucia de tierra, el rostro dolorido, ensangrentado, la boca abierta, luchando por una última bocanada de aire palestino. Estaba reventada, le faltaban segundos para morir.

"Nada de lo que era Rachel, ninguna de las brillantes ideas que tuvo, ningún proyecto artístico que realizó importa; ha quedado reducida a su muerte" -declaró días más tarde Colín, su exnovio.

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